Cuidar nuestra salud mental no puede depender solamente de un esfuerzo personal.
Nos dicen que tenemos que descansar, hacer ejercicio, compartir tiempo con las personas que queremos, encontrar actividades que nos hagan bien. Y tienen razón. El problema es qué pasa cuando nuestra propia vida no nos deja hacer ninguna de esas cosas.
Cuando trabajás todo el día y aun así no llegás a fin de mes. Cuando las deudas te quitan el sueño. Cuando no tenés tiempo para estar con tus hijos, encontrarte con amigos o simplemente pensar en algo que te gustaría hacer.
¿De verdad podemos hablar de salud mental sin hablar de todo esto?
Por supuesto que necesitamos profesionales, atención, prevención y tratamientos. Necesitamos que pedir ayuda sea posible, que los servicios de salud mental sean accesibles y que nadie tenga que atravesar un padecimiento en soledad.
Pero también tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo para que la vida cotidiana no se convierta en una fuente permanente de angustia.
Porque la salud mental no empieza ni termina en un consultorio. También se construye en nuestras casas, en el trabajo, en la escuela, en un club de barrio, en los lugares donde nos encontramos con otros.
Tener un trabajo que nos permita vivir, tiempo para descansar, una vivienda digna, oportunidades para nuestros hijos y personas con quienes compartir lo que nos pasa no garantiza que nunca vayamos a sufrir. Pero nos da mejores condiciones para vivir y más herramientas para atravesar los momentos difíciles.
Ahí es donde aparece una discusión que para mí es profundamente política.
La justicia social no es solamente una forma de distribuir recursos. También es la posibilidad de construir una sociedad donde las personas puedan vivir con menos miedo, menos incertidumbre y menos soledad.
Una comunidad que cuida su salud mental necesita un sistema de salud que funcione. Pero también necesita escuelas, clubes, espacios culturales, redes de cuidado, trabajo digno y políticas que permitan construir un proyecto de vida.
No se trata de elegir entre la atención individual y las condiciones sociales. Necesitamos las dos.
Porque si vivir nos cuesta demasiada vida… ¿cómo nos van a pedir, encima, un esfuerzo más para cuidarla?
