Tengo mucha bronca y supongo que no soy la única.
Me cuesta entender cómo, después del asesinato de Aixa, la explicación puede quedarse en contar todo lo que se hizo. Ella había denunciado por violencia de género al hombre que la asesinó. Hubo intervención del municipio, la policía y la justicia. Él estuvo preso, ella tenía un botón antipánico. Todas las herramientas previstas se pusieron en marcha, dijo una funcionaria municipal. Y por supuesto que le creo, pero no me alcanza.
Vivimos en una época en la que existen dispositivos electrónicos de geolocalización, grupos psicoeducativos, botones antipánico, espacios de atención a mujeres víctimas de violencia y no sé cuántas cosas más. Pero seguimos encontrándonos con mujeres que pidieron ayuda y no fueron protegidas. Tenemos que poder preguntarnos qué está fallando y qué hace falta cambiar.
Hoy salió en un noticiero Keila, también de Tigre, pidiendo ayuda desesperada. Contando que ella y su familia viven amenazadas y con miedo.
No podemos seguir poniendo sobre las mujeres que sufren violencia de género la obligación de volver a pedir ayuda, volver a avisar y volver a explicar el peligro. La tarea del Estado es anticiparse, sostener el acompañamiento y corregir cuando la protección no alcanza.
Si hicieron todo lo que estaba previsto y no alcanzó, entonces la responsabilidad de quienes gobiernan es cambiar lo que estaba previsto. Revisar cómo se está trabajando, buscar otras estrategias y crear las herramientas que hagan falta para protegerlas. No podemos conformarnos con oir que se hizo todo, si aun así, quedaron solas frente al peligro.
